Carlos Fuentes [1928-2012]
“Ven, déjate caer conmigo en la cicatriz lunar de nuestra ciudad, ciudad puñado de alcantarillas, ciudad cristal de vahos y escarcha mineral, ciudad presencia de todos nuestros olvidos, ciudad de acantilados carnívoros, ciudad dolor inmóvil, ciudad de la brevedad inmensa, ciudad del sol detenido, ciudad de calcinaciones largas, ciudad a fuego lento, ciudad con el agua al cuello, ciudad del letargo pícaro, ciudad de los nervios negros, ciudad de los tres ombligos, ciudad de la risa gualda, ciudad del hedor torcido, ciudad rígida entre el aire y los gusanos, ciudad vieja en las luces, vieja ciudad en su cama de aves agoreras, ciudad nueva junto al polvo esculpido, ciudad a la vera del cielo gigante, ciudad de barnices oscuros y pedrería, ciudad bajo el lodo esplendente, ciudad de vísceras y cuerdas, ciudad de la derrota violada (la que no pudimos amamantar a la luz, la derrota secreta), ciudad del tianguis sumiso, carne de tinaja, ciudad reflexión de la furia, ciudad del fracaso ansiado, ciudad en tempestad de cúpulas, ciudad abrevadero de las fauces rígidas del hermano empapado en sed y costras, ciudad tejida en la amnesia, resurrección de infancias, encarnación de pluma, ciudad perra, ciudad famélica, suntuosa villa, ciudad lepra y cólera, hundida ciudad. Tuna incandescente. Águila sin alas. Serpiente de estrellas. Aquí nos tocó. Qué le vamos a hacer. En la región más transparente del aire.” [Fragmento de La región más transparente (1958)]
Textos de Alexander Zanches
EL BORRACHITO
La madre salió a recibirlo con una vela en las manos, inquieta por ver quién tocaba a la puerta a esas horas y se le prendió el aliento…
HOMENAJE A LAS ABUELAS
(microcuento en verso)
Un día un niño
sintió un dolor no físico
que lo hizo llorar
y fue donde la abuela
-que era curandera-
a que le diera un besito
luego de suministrada
cuidadosamente
la dosis adecuada
la abuela lo sentó en sus piernas
y
acunándolo en sus brazos
le preguntó
“¿en qué estabas pensando?”
el niño rompió a reír.
COPLAS, sólo coplas…
Catedrático no soy
aunque mis cátedras dicto
de tus ojos soy convicto
y a callarlo obligado estoy
no es fácil callar asuntos
de tan profundo kilate
que a veces por disparate
suelen tasar los sesudos
por eso no te lo digo
aunque lo diga en mi canto
que no es demonio ni santo
el que te ofrece su trigo
convertido en corazón
en simple copla de paso
que se convierte en abrazo
al margen de la razón
que no me duelen las penas
cuando es Amor el motivo
por ellas desvivo y vivo
y hasta gozo sus condenas.
SOLEDAD
Tú
tan allá
yo
tan acá
tan extraños
como este espacio
de silencio y distancia
que se tragó la mariposa efímera
de nuestras manos saludándose
casi por compromiso
casi por no dejar
de reconocer que existimos
aún
en algún lugar
del universo.
Alexander Zanches, poeta, microcuentista, editor, artesano, campesino, etc., nació en la Ciudad de David, Panamá, en 1968. Es autodidacta en todo.
Premiación Certamen de Poesía Miriam Beras Porrata
“Esto no es una antología: Palabras que sangran” de El Arañazo, Colectivo Literario.
“Esto no es una antología: Palabras que sangran” es la manera en que estos autores prefieren llamarle a la primera selección de sus obras que se publica con identidad propia como colectivo “El Arañazo”. Alexei Tellerías Díaz, Ricardo Rafael Cabrera, Deidamia Rebeca Galán, Lauristely Peña Solano, Luis Reynaldo Pérez, Isis Aquino, Lusmerlin Lantigua y la puertorriqueña Ana María Fuster como miembro honorario; son nombres que, cada uno en su medida, van haciendo resonancias en el campo literario dominicano y aun más allá de los límites de esta media isla.
Desde el ámbito más personal, íntimo, intensamente erótico; hasta el desenfadado trasegar con sus visiones y otros conceptos histórico-sociales y filosóficos; desde el lenguaje urbano simple y cotidiano desnudo de amaneramientos retóricos hasta las más rabiosas formas crípticas y abigarradas que redundan en un onanismo destructor de toda regla formal; desde la nostalgia por el romanticismo revolucionario de la América Latina sesentera con conciencia de la necesidad de actuar ante la realidad presente, hasta el escepticismo filosófico y la deconstrucción del lenguaje, el pensamiento y aún más allá con claras referencias que van de Rimbaud a Nietzche y Virginia Wolf, de Benedetti a Ray Loriga, Cerati y Calle 13…
Estos son los meridianos que engloban su ciudad (una Santo Domingo extendiendo sus contornos a New York y otras urbes entretejidas en sus vivencias). Por ella deambulan sin rumbo aparente pero de seguro blandiendo el verso cuestionador, estos (aun) jóvenes nacidos en su mayoría en la década del 80 del siglo pasado. A arañazo poético limpio se abren paso con irreverencia, reclamando su lugar dentro del panorama poético dominicano de esta segunda década del siglo XXI, defendiendo la valía de sus diversas maneras de decir; de expresarse en la época convulsa que les toca vivir.
El resultado es una lectura placentera, motivadora, que merece la atención avisada del lector y la crítica hacia este grupo que, con legítimo derecho, sangra por sus palabras.
Alejandro F. Aguilar
“De ciudades y nostalgia” de Deidamia Galán.
En este, su primer libro publicado, Deidamia Galán hace un homenaje a la nostalgia a través de un verso que evita las complejidades formales y que tiene la emoción directa como materia prima de su poesía. Pero su emoción no es entusiamo, sino una profunda reflexión sobre los abismos de su mundo interior. Esta es una poesía que deambula entre los avatares de la cotidianidad y los devaneos de la melancolía, con un tono que respira honestidad. Ella prefiere un lenguaje que invada sin tapujos el silencio, que martille en la conciencia del lector en busca de una multiplicidad artística que siempre logra.
Galán antepone a la sublime espontaneidad una construcción metafórica coherente que se hilvana con su experiencia vital. Ella abandona las solemnidades, los ditirambos formalistas y las alusiones a lo inocuo. Y mientras lo hace, se transforma en un fantasma que rastrea sin pudor los inhóspitos pasajes de su alma, de su vida y de su tiempo. Galán hace suya la inmensidad de las tentaciones, esa que asume con la frente en alto y la mirada atenta a las calles vacías por donde alguna vez corrió su vida, un pasado etéreo que revive sin afeites ni estridencias.
Luis Beiro Álvarez
La otra confesión por Guillermo Camacho
¡Lo estamos observando!
Esas tres palabras, simples pero contundentes, estaban escritas en una caligrafía perfecta y con un estilógrafo de los de antes. La nota del papelito amarillo venía pegada a la carátula de la última versión del folleto sobre Acoso Sexual que había publicado la oficina unos años atrás.
¡Me quedé helado!
Tuve que sentarme y volver a leer pausadamente la nota.
Me volvió a parecer que las tres palabras eran categóricas, concluyentes.
Todo había pasado muy rápido en los últimos diez días. Esto era curioso, porque si hay algo que caracteriza a nuestra institución, además de ser tal vez la mayor organización internacional del mundo, es la lentitud en el ritmo de las acciones y la toma de decisiones. Dos semanas atrás se había decidido que mi división se mudaría tres pisos más arriba, a las antiguas oficinas del departamento de recursos humanos. A ellos los habían trasladado a un nuevo y hermoso edificio frente al río, donde también estaba ubicada la Secretaría General y los Consejos Generales, de Seguridad, Económicos y de Administración.
Me olvidé por completo de que a la mañana siguiente partiría en misión a un país caribeño. Estuve fácilmente media hora sentado, revisando mis veintitrés años de servicios en la organización. Repasando cuidadosamente episodios que pudieran ser la causa para que hubiera recibido aquella nota insinuante y atrevida con el folleto de pautas y comportamiento sobre Acoso Sexual. Aquel documento ya tenía sus años. Había sido presentado como parte de una serie de manuales sobre formas de actuar y seguridad después del ataque a las Torres Gemelas. Pero todo eso era pasado.
Sentado en aquella silla de mi nueva oficina, aún con la piernas temblorosas y la boca reseca, me vino a la memoria mi época de estudiante universitario y las apasionantes discusiones sobre la conciencia moral. Me enfrasqué una vez más en el concepto de que ciertas personas observan una determinada conducta moral y que otras se conducen de forma inmoral.
Pero yo, ¿cuál principio moral había violado?
No encontré en el archivo de mi memoria durante los años de servicio ningún acto que mi conciencia rechazara. Ninguna obligación a reparar algún mal. Aquella reflexión ayudó a que mis piernas dejaran de temblar, la saliva me volviera a fluir humedeciendo mi boca y la temperatura de mi cuerpo subiera otra vez. Descubrí con placer mi reflejo en el vidrio de la ventana. Ya no estaba lívido. Terminé de desempacar cajas, agarré mis notas para el viaje y me fuí al Caribe a mi misión de trabajo.
Las dos semanas de trabajo en el Caribe fueron intensas, pero gracias al clima tropical marítimo de la isla, que en esos días estuvo influido por unos vientos agradables, y su rica comida, una mezcla de sabores del África y de la India, me hicieron olvidar por completo el papelito amarillo con sus tres palabras contundentes.
Regresé del Caribe a mi nuevo despacho. A pesar de que lo encontré en orden -ya todo el equipo se había mudado a sus respectivos cubículos y lentamente cada cual empezaba a agregarle ese toque personal que humaniza la oficina-, había algo extraño en el ambiente que no pude identificar.
Tal vez al único que le noté un aire distinto, algo nervioso, fue a Huguito, el empleado de menor rango de mi unidad. Lo conocía de antaño. Huguito había estado encargado durante los últimos veintisiete años de los aspectos logísticos de mi unidad, llámese boletos aéreos, suministros de papelería, mantenimiento de fotocopiadoras, el café y hasta las flores de la sala de reuniones por mencionar tan sólo algunas de sus tareas más evidentes. Era querido por todos. Algunos incluso lo apodaban cariñosamente Don Hugo, porque efectivamente era un as para hacer milagros y solucionar problemas de última hora. Y gracias a Huguito siempre quedábamos bien. Con las mujeres del equipo era detallista, especial. Todo un caballero. Se acordaba de sus cumpleaños, les hacía favores personales. Realmente un gran elemento en el grupo. Estuve tentado de preguntarle qué le pasaba, pero me contuve concluyendo que debía estar exhausto después de la mudanza, porque éramos diez y seis hombres y diez y ocho mujeres en toda mi unidad. Supuse que durante mi viaje en misión al Caribe todos habían abusado de sus favores.
Para sorpresa mía, a los dos días de mi regreso Huguito me pidió audiencia. Al entrar a mi oficina se disculpó por interrumpirme, cerró la puerta y me aclaró que me iba a hablar como amigo y no como subalterno.
- Doctor llevo quince días que no pego un ojo, me dijo cuando se desplomó en la poltrona de cuero de mi despacho.
Su cara estaba demacrada. Unas bolsas debajo de los ojos daban fe de que llevaba días sin dormir. Su respiración estaba acelerada. Empezó a hablar, pero a la segunda palabra se deshizo en un llanto que me asustó. Lo dejé llorar en silencio, temiendo que me iba a anunciar lo peor, mientras le servía un poco de agua. Me juró por sus dos hijos a quien yo conocía desde el nacimiento que él no había hecho nada de mala intención. Él era incapaz; y a estas alturas de la vida, si llegaba a perder el puesto sería el fin. Todavía le quedaban doce años por pagar de la hipoteca de la casa. El menor acababa de empezar en la universidad. A la mayor le faltaba un año para graduarse de profesional. De hecho, me había nombrado padrino indirecto de la hija mayor. Me recordó el esfuerzo monumental que estaba haciendo por educar a los hijos, por darles una educación para que tuvieran un futuro mejor que el suyo, que aunque no se quejaba porque el salario era bueno, no le deseaba a los hijos que se quedaran sirviendo el café o preocupados porque el papel para las fotocopiadoras no había llegado a tiempo.
Dijo muchas otras cosas, algunas incongruentes, pero se detuvo y me miró fijo a los ojos cuando me confesó que las palmaditas en las nalgas que le daba a la secretaria de Sandro Trombatore eran de puro cariño. Después de esa confesión le volvió a dar rienda suelta al llanto.
Cuando se calmo abrió el puño y me lo mostró:
Un post-it de color amarillo, arrugado, con tres palabras simples pero contundentes escritas en una caligrafía perfecta y con un estilógrafo de los de antes:
¡Lo estamos observando!
Volvió a llorar a moco tendido como un niño indefenso mientras se le retenía la respiración y se ahogaba en unos suspiros. De repente dijo:
Este post-it me llegó pegado a la carátula del folleto de Acoso Sexual. Pero le juro Doctor que mis palmaditas en las nalgas de la secretaria del Doctor Trombatore son inocentes. ¡Si ella podría ser mi hija!
Cuando Huguito se volvió a calmar me pidió que intercediera ante los grandes jefes. Es más correcto decir que me rogó que abogara por él. No lo podían botar. Confesó que sí era cierto que cuando subía el papel de las fotocopiadoras hablaba con los otros empleados de las piernas de la Doctora Pinto -porque efectivamente las tenía muy buenas- pero que era ella la que le pegaba el culito en el ascensor cuando iba lleno. Él nunca le había dicho nada porque suponía que desde que el italiano la había dejado plantada a la Doctora Pinto le debería hacer falta un macho en casa. Además, él entendía que ella con la cara insinuaba que sí le gustaba ese roce del ascensor. Antes de dejar mi oficina y obligarme a jurar que intercedería por él ante la administración, aceptó que había tenido una aventura con una secretaria, pero que eso había durado unos pocos meses y sólo en una ocasión habían hecho el amor en las oficinas. Además recalcó que esa aventura no valía porque por aquellos años no existía el tal folleto de Acoso Sexual.
La historia de Hugo me dejó perplejo. No pude concentrarme en toda la mañana. Decidí salir a almorzar más temprano que de costumbre. En el ascensor me encontré con Roda, quien me preguntó si me importaba que fuéramos a comer juntos. Quería comentarme algo, pero como yo había estado en misión en el Caribe no había tenido oportunidad. Sugirió que no comiéramos en la cafetería del edificio porque lo que me iba a comentar era delicado y prefería un lugar más discreto y alejado de la oficina. Dijo que él invitaba. Me llevó a un restaurante costoso que usamos cuando tenemos invitados importantes. Ordenó una botella del mejor vino blanco sin preguntar y a pesar de que yo le dije que tenía que volver en la tarde a trabajar a la oficina.
No he hecho nada en toda la mañana. Tengo que volver a terminar el reporte del viaje al Caribe, pero no me escuchó. Cuando iba por la mitad de la botella, ya tenía las mejillas rojas y se había fumado cuatro cigarrillos desde que habíamos llegado, le pregunté:
Bueno Roda, ¿de qué se trata la vaina?
Después de un rodeo, en el cual me dijo que yo sabía que él era un verdadero amigo mío, que podía confiar en mí, que nuestras esposas también eran buenas amigas y que no era sólo porque jugaban al tenis juntas desde hace tantos años, tenía que confesarme que llevaba tres años enredado con la uruguaya de la unidad. Que no pensaba separarse porque eso destruiría a su señora y que él no pensaba dejar a sus hijos. Pero que tampoco estaba en sus planes dejar a la uruguaya. La uruguaya y él habían encontrado un equilibrio que no molestaba a nadie. Sólo se veían cuando estaban juntos de misión en el extranjero y que cuando volvían muy rara vez se veían por fuera de la oficina. Tomó una copa de vino de un sorbo y sacó del bolsillo de la chaqueta un papelito amarillo en el que pude leer claramente:
¡Lo estamos observando!
No había duda. Aquel post-it amarillo también había sido escrito con un estilógrafo de los de antes y con una caligrafía perfecta. Era contundente. Lo volví a leer en silencio y muy despacio. Una vez más me volvió a parecer categórico y concluyente.
Viejo, me dijo cariñosamente, llevo noches sin dormir. No me puedo concentrar. Me irrito por cualquier cosa. Stella se huele algo pero eso lo resuelvo yo. Lo que me tiene preocupado es este papelito de mierda que me llegó con el folleto de Acoso Sexual. Lo curioso es que nadie lo sabía en la oficina. Hemos sido muy cuidadosos conociendo las reglas. Alguien nos tuvo que haber delatado. Algún envidioso. Alguien que no tolera que tenga de amante a una uruguaya quince años más joven que yo. Tal vez es Lucía la del Consejo de Seguridad. Ella quiso tener algo conmigo pero yo la rechacé. Pero ahora creo que ella nunca lo superó y se está vengando. ¡Viejo me tienes que ayudar si hay una investigación!
No me quedé a tomar el café. Inventé cualquier disculpa y me fui asqueado. Desilusionado, sorprendido de mi ceguera. Mi incompetencia quedó demostrada. Durante las siguientes semanas el ambiente de la oficina empeoró. Catorce de los diez y seis hombres de mi unidad desfilaron por mi despacho con diferentes pretextos, pero todos confesaron un mismo delito. Por supuesto que hubo variaciones en los personajes, y en un caso, uno de los personajes era elemento central de varias historias simultáneamente; pero el delito y el detonante fueron siempre el mismo: una nota escrita con un estilógrafo de los de antes en una caligrafía impecable con tres palabras contundentes pegada al viejo folleto de Acoso Sexual de la oficina:
¡Lo estamos observando!
Todos de una u otra forma me pedían lo mismo, que abogara por ellos ante la administración central en el caso de que hubiera una investigación. El único que no había pasado por mi oficina era Sandro Trombatore. A Sandro lo conocía desde la época en que fuimos a Columbia e hicimos un posgrado juntos. Luego el destino nos volvió a juntar en la misma oficina. Desde entonces habíamos consolidado nuestra amistad. Estaba tan decepcionado de todos que no le quise comentar el asunto. Estuve tentado, pero lo vi tan contento y alejado de esa problemática decadente de nuestra unidad que no quise contaminarlo con ese ambiente negativo. Aunque debo confesar que sí le di tiempo, pues para ese momento estaba convencido de que todos los hombres de la unidad, incluido Sandro, habíamos recibido el famoso post-it con las tres palabras.
Pero Sandro Trombatore nunca se presentó en mi oficina. Y en cierta forma fue un descanso para mí. Al menos otro que podría decir que también tenía la conciencia tranquila.
La noticia de la muerte de Huguito nos llegó como un bombazo. Se desplomó una mañana en la sala de las fotocopiadoras. Un infarto fulminante acabó con él. En el entierro su mujer me confesó que su marido llevaba más de un mes sin dormir, preocupado por algo que nunca le quiso confesar.
Volvimos del entierro. Sandro vino a mi oficina a subirme la moral porque me vio muy afectado. Me dijo que esa era la vida, que es corta, que hay que gozarla, que hay que disfrutarla mientras tengamos salud. Que jamás hay que perder el sentido del humor, porque si no le puede pasar a uno lo mismo de Huguito. Quedarse tieso cuando uno menos lo espera. Que había que tener filosofía de vida.
Entonces me confesó la travesura. El día de la mudanza se encontró en su oficina con una pila de dos mil folletos sobre Acoso Sexual que los del departamento de recursos humanos nunca quisieron llevarse a pesar de que se cansó de pedirles el favor de que vinieran a retirarlos. Mientras yo lo miraba atónito me dijo:
Caro, imagino que los has visto. Es un folleto hermoso de cuatro paginas de instrucciones y pautas sobre lo que no se debe hacer y sí se puede hacer. Están impresos en ese papel semi mate fino. Cuando estaba a punto de tirarlos se me ocurrió la idea y escribí diez y seis notas. Hasta te mandé uno a ti.
¡Lo estamos observando!
Pero definitivamente parece que en esta oficina ya nadie tiene sentido del humor porque hasta la fecha de hoy absolutamente nadie me ha hecho un comentario al respecto. Ni siquiera tú, pícaro, que te conozco todo el recorrido.
Luego soltó una carcajada homérica que aún estoy escuchando en mis oídos.
Guillermo Camacho. Colombiano, danés por adopción. Editor de la Revista Aurora Boreal. El cuento pertenece al libro de relatos Los amigos invisibles”.
Conversando con Deidamia Galán
Una ciudad puede ser un precipicio//un lugar impenetrable//un impedimento;//puede ser una sombra//llena de recuerdos//un mar en rebeldía//con brazos partidos. Deidamia Galán
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1. ¿Cómo llega la poesía a Deidamia Galán?
Llegó por la necesidad que empezó a ser para mi sacar fuera el torbellino de cosas que sentía dentro. Pienso que a los 18 ó 19 empecé a decir que “escribía poesía”, aunque mucho antes de eso siempre había papelitos, cuadernos, libretas, conjugaciones entre papel y tinta.
2. ¿Cuáles son las influencias que se pueden ver reflejados en tu obra?
Hay mucha música (se puede notar en algunos textos), vivencias, imágenes y recuerdos. Ahora bien, me encanta leer a Bukowski, a Gioconda Belli, a Cortázar, García Márquez, Marcela Serrano, Jodorowski, Pizarnik Juan Dicent, Chomsky, filosofía, entrevistas, biografías, cine de arte, documentales. Son muchas cosas.
3. De ciudades y nostalgias es tu primer poemario ¿De dónde surgen estos textos?
De un compendio de años, de selección de preselección y así sucesivamente. Hay poemas de hace 10 años y otros hasta de unas semanas antes de llevar el libro a imprenta. Quise hacer una selección temática, enfocada en un tema muy importante para mi: la nostalgia, los viajes, el amor y los recuerdos.
4. El título del libro alude a la ciudad como escenario de tus textos y sabemos que has vivido en varias ciudades del mundo ¿Qué hay de cada una de esas ciudades en este libro?
Hay olores, calles, recuerdos, bares, lágrimas, risas. Hay esperas, rescates de una mala memoria, perdida entre un viaje y otro: nombres, intentos, sueños.
5. En este poemario están presentes temas como el desamor, la nostalgia, la pérdida, la soledad. ¿Cómo llegan estos temas a ti?
6. ¿Cuáles son los nuevos proyectos que estás desarrollando?




